La Era de la Bestia


Estamos viviendo una era en la que nada es real.

Y no hablo sólo a nivel tecnológico y estético, hablo a todos los niveles, aquello que se muestra de una manera es de otra, y con casi total seguridad la opuesta. Nos enseñan, cuentan, dicen que estamos en el mejor momento de la historia, que ahora el hombre es mucho más evolucionado, que ahora el hombre es culto y está educado, que nuestra esperanza de vida es mucho mayor gracias a los avances en medicina, que ahora lo sabemos todo. Esto es pura doctrina, hoy somos mucho más ignorantes que antes, mucho menos evolucionados como seres humanos, mucho más necios, crueles y desleales que posiblemente en cualquier otra época de la humanidad, y estamos mucho más enfermos mental, física y espiritualmente. Debemos empezar a entender que lo que pensamos que es progreso es pura decadencia. Esta mentalidad se empezó a fraguar a partir del siglo XV, cuando el dinero cobró valor propio, antes estaba prohibido que el dinero generase beneficios, era una herramienta que simplificaba el trueque, pero la república italiana sobre el siglo XV quitó esa prohibición, el dinero entonces empezó a cobrar valor por sí mismo, sin tener que apoyarse en algo sólido, y así nació la especulación, la usura y el negocio del dinero, que ha evolucionado hasta nuestros días en que los bancos pueden vender aire, mientras todos los demás deben pagar con dinero.

También en el siglo XV se inventaron las armas de fuego y pudimos empezar a disparar a distancia, escondidos y por la espalda, como dice Enric Costa, es cuando empezó a irse la dignidad y la valentía de nuestra moral. Con la tecnología nos deshicimos de la religión, dejamos de adorar a un ser supremo inteligente y todo compasivo, dejamos de contemplar el alma y el espíritu como valores supremos, y empezamos a adorar a la ciencia, al intelecto, a lo material y al dominio que el ser humano puede ejercer sobre la Creación. En vez de emplear nuestra mayor conciencia y capacidad de decisión e influencia para el bien del planeta, y para todo el que en él habita, como harían unos padres buenos, sabios y conscientes, bajo esta moral progresista lo usamos neciamente, como usureros nos pusimos a usurpar todo aquello que se nos antojaba sin pedir permiso ni perdón. Con la religión tiramos la espiritualidad, la sensibilidad y la ComPasión a la basura pero se mantuvo el adoctrinamiento, el dominio y la tiranía. Tiramos al niño y nos quedamos con el agua sucia. Con las nuevas tecnologías el hombre empezó a creer que estaba por encima de la naturaleza, que la podía dominar y profanar. Hasta entonces la naturaleza era respetada, observada, estudiada, venerada, adorada y cuidada, cualquier intrusismo en ella era visto con recelo y prudencia, incluso temor.

Pero para desgracia mayor de todos la tecnología calló en manos de los hombres de la guerra, que después de la revolución francesa se hicieron con el poder. Porque la igualdad, la fraternidad y la prosperidad no era para la gente ni para la sociedad en general, se peleó para que los militares tuviesen los mismo privilegios que la nobleza. De esta victoria militar nació la alianza entre la nobleza y el ejercito. A partir de esa base se constituyó el estado y la constitución, y como tenían la tecnología para asesinar a poblaciones enteras si rechistaban, implantaron la llamada democracia que llega hasta nuestros días (democracia que sólo un 5% de la población masculina podía ejercer con su voto). Como digo, nada es lo que parece y lo más probable es que sea todo lo contrario; el estado de democracia y la constitución fueron impuestos de forma brutal y sangrienta sobre las gentes. Que en aquella época aún vivían mayoritariamente en sistemas de concilio abierto y bienes comunales, con libertad y autogestión, donde el dinero componía una mínima parte de sus transacciones, era una simple herramienta que simplificaba el trueque. El valor de esta cultura se  basaba en las buenas relaciones, la comunidad, la cooperación y el trabajo en conjunto, el apoyo mutuo, el respeto a la expresión individual, y quererse unos a otros como había enseñado el Maestro, que no la iglesia. Eran los herederos de las enseñanzas no adulteradas ni institucionalizadas de Jesús, y no querían cambiar su forma de vida. Eran libres.

Con un recién estrenado estado apoyado sobre la nueva ciencia de Newton, que determina que sólo existe la materia, por lo tanto no hay que rendir cuentas a nadie más que al todo poderoso estado, compuesto por la nobleza y el ejército, y a su mano derecha y nuevo valor supremo el poderoso caballero Don Dinero, se asentaron las bases de la civilización que hoy conocemos. A este estudiado y preparado caldo de cultivo llegó la revolución industrial, a la cual Darwin, y su también nueva y absurda teoría de la competencia como estrategia de supervivencia, y el más apto como selección natural, le vino como anillo al dedo.

Sembraron el campo de forma totalmente consciente para que la bestia que ya llevaba unos siglos cociéndose rompiese a plena ebullición. La nueva industria necesitaba mano de obra barata, sino no sería rentable, por lo tanto el estado de la constitución junto con su fuerza armada se encargó de obligar a las gentes a deshabitar los pueblos; les quitaron el comunal, les quintuplicaron los impuestos y les obligaron a pagarlos en dinero, deshicieron su forma de vida y su red de apoyo mutuo, y el poder que otorgaba a la gente el auto-gobierno por concilio abierto. Pueblos enteros fueron aniquilados al negarse a obedecer  la constitución impuesta, consiguiendo así que fuesen a las ciudades a trabajar por un salario y en condiciones míseras para poder sobrevivir. Con la bestia del estado y la industrialización vino la esclavitud, se acabaron las libertades, necesidades, deseos y derechos individuales de las personas, el capitalismo y el comunismo, ambos espectros del estado, son la mano derecha y la mano izquierda de un mismo cuerpo. Ambos quieren acabar con la libertad del individuo, y la auto-gestión libre de las comunidades.

 La tecnología y la ciencia, regidas por estas bestias presuntuosas, hicieron a un lado con los hombres sabios, los filósofos, los druidas, los chamanes, los místicos, los médicos de aquella época, que estaban intrínsecamente unidos a la naturaleza y a sus enseñanzas,  usurpando también así el conocimiento popular, y autoproclamándose referentes y dueños del conocimiento, y de todo lo que pudiesen y quisiesen utilizar. Basándose en el laureado Adam Smith que dijo: “todo lo que se pueda vender es bueno, los países son ricos si tienen cosas buenas o malas que se puedan vender”. Y con  ello salieron todas las demás riquezas por la ventana; la riqueza del amor al trabajo, la riqueza de la dignidad, la riqueza de la honestidad, la riqueza de la justicia, la riqueza de la equidad, la riqueza del apoyo mutuo, la riqueza de la cooperación, la riqueza del arte, la belleza y la individualidad, la riqueza de la libertad del hombre y la de todos los demás seres vivientes y sintientes de este planeta, porque todo se puso en venta. El señor Adam Smith le puso un precio a todo y ahora todos lo estamos pagando. Esto hizo que los valores morales y espirituales, que ya estaban en desuso, se sustituyeran completamente por el del beneficio económico. Todo valió a partir de ahí, si producía intereses era beneficioso para todos, especialmente para los vagos, zafios y pobres analfabetos que debían estar agradecidos por tener un sueldo.

En esta época, en que se promulgó la ignorancia de lo rural, se redefinió el término de lo que era el conocimiento, y este recayó estrictamente en aquello aprendido académicamente, donde por supuesto lo que enseñaban eran las nuevas teorías científicas, o digamos dogmas científicos, ya que todas ellas son ciegamente creídas pero están aún por probar. Pero  igualmente la cultura académica coge total poder sobre el saber y el conocimiento, y todo saber de las gentes ancestrales, en su mayoría pasadas oralmente de generación en generación, es ridiculizada, degradada, demonizada, desestimada y toma total monopolio sobre lo que es verdad y culto. Esta es la base del adoctrinamiento enseñado hoy en día en los colegios y universidades oficiales. Por lo tanto todo oficio con un título académico toma un enorme valor y prestigio; profesor, médico, abogado, economista, empresario. El ser funcionario se toma como una suerte sólo reservada a los mejores, lo cual les otorga multitud de privilegios y un sueldo digno para toda la vida Como si te tocase la lotería, porque un sueldo digno no es la norma, recordemos que la dignidad también dejó de ser un valor. Los ministerios dictan lo que  debes aprender y lo que no, qué debes ingerir y qué no, cómo te debes curar, donde puedes vivir, cómo te puedes divertir, qué es legal y qué no…, muy democrático y constitucional no suena.

¿Por qué no puede el pueblo educarse a sí mismo? Claro, es porque la gente es tonta, e inculta, ¿pero eso no era porque estaban en el medio rural? Ahora que están en su gran mayoría en las ciudades, y todos están educados por nuestro culto y sabio sistema académico, ¿no debería el pueblo saber más, estar más formado, ser menos ignorante? Pues parece ser que no, que la gente es tonta esté educada o  no, y sólo el estado y sus ministerios, por alguna gracia divina, saben qué es la verdad y cómo enseñarla. Esta es la manera que el mundo académico consiguió romper al individuo. Le hicieron dudar de su inteligencia, de su sensatez, de sus valores y su valía, de su libertad, de su criterio, y le hicieron creer que lo mejor para construir a la persona es la educación universitaria, sin ella el individuo pierde valor y oportunidades. El analfabeto se convirtió en sinónimo de tonto, inculto, necio, imbécil. El estado y su educación académica denigró todo el saber popular y determinó que sus gentes eran amorales, y ensalza al que trabaja de sol a sol para poder sobrevivir como un hombre de bien, y no como un golfo, un sinvergüenza, un parásito de la sociedad que vive a costa del estado, y de la clase industrial burguesa. En cambio los individuos que componen y/o apoyan el estado se aprovechan del trabajo obligatorio a cambio de un salario que ellos mismos han impuesto, del cual una gran parte el explotado tiene que devolver al estado.

En esta época que se empeñan en describir de mayor apogeo y progreso para la humanidad, las gentes del rural fueron acusados de vagos y maleantes, despojados de sus bienes y formas proliferas y cómodas de vida, y obligados a ir a las ciudades para trabajar por un salario esclavo, es cuando se empezaron a producir numerosas muertes por enfermedades, especialmente entre los niños, los cuales eran obligados a trabajar jornadas de 14 horas diarias, en condiciones pésimas, con fríos y calores extremos, humedad, malnutridos y un largo etcétera, esto es lo que la industrialización y el “todo tiene un precio” creó.

Pero la emergente clase científica y académica también encontró una solución industrial para este declive en la salud infantil. En esa época se pusieron de moda las patentes, especialmente entre los científicos que con las nuevas tecnologías estaban creando grandes avances como la electricidad y la radio. También entre esos inventos estaba el microscopio, que por primera vez permitió al hombre ver que dentro de nosotros viven organismos más pequeños. La grandísima mayoría de los médicos de entonces lo tomaron como parte de nuestro funcionamiento, como supongo que pasaría a los primeros que vieron el cuerpo humano por dentro y descubrieron que estaban compuestos de órganos y asumieron que eran parte fundamental del organismo, y se dispusieron a estudiar sus funcionamientos. Pero en el caso de los microbios no fue así, hubo un químico industrial que planteó la teoría de que esos bichitos, que llamaron bacterias, era malos, y estaban ahí para amargarnos la vida y causarnos enfermedades que él determinó como infecciosas. La grandísima mayoría de los médicos de entonces rechazaron totalmente esa teoría, no tenía ni pies ni cabeza, y se negaron a compartirla. Pero a Pasteur le parecía una teoría muy suculenta, ya que si los bichitos eran malos él podía crear y patentar algo para matarlos. También aquí volvemos a ver la mentalidad militar, intrínsecamente unida al estado y su doctrina, que arrastramos hasta nuestros días, donde toda solución tiene que pasar por una batalla previa. Ahí nació la medicina invasiva y agresiva; la medicina industrial. En sus experimentos con las vacunas y los antibióticos Pasteur no dudó en usar a huérfanos y pobres para probar sus nuevos inventos. Poca gente sabe que hubo muchas muertes, determinadas como misteriosas, pero que de misterio no tenían nada, ya que se produjeron en los sujetos con los que se experimentaban las vacunas y que nadie reclamaría. También hay que recordar que antes de la época industrial en la que se estableció que por un beneficio todo valía, no estaba permitido experimentar con seres humanos ni animales, ya que la primera ley para un médico o un estudioso de la vida era no hacer daño, pero Pasteur no era médico, repito, era un químico industrial, que del cuerpo humano sabía poco. Y de ética moral aún menos.

Esta panda de mediocres como Darwin, Newton, Pasteur, Smith, etc, han creado la cultura que hoy tomamos como la verdad. Esta gente cuyo mayor interés era denigrar al hombre convirtiéndolo en pura mercancía material, son los proveedores de la verdad de nuestros tiempos, han asentado las bases de esta cultura tan poco elegante, sucia y grotesca, ¿cómo no va a estar el mundo sumido en un gran caos cuando todo lo que se enseña es mentira y necedad?

Todo lo que se industrializa corrompe y destruye – todo hecho a nivel industrial homogeniza y saca la vida y la originalidad de lo industrializado. Nos convierte en clones, por donde pasa arrasa con la esencia de lo individual y con la vida en general. Los seres humanos somos todos diferentes, cada uno tiene sus características específicas, no se puede tratar a una persona de una dolencia de la misma manera que se trata a otra, como hace la medicina industrial. Porque no existen enfermedades sino que sólo existen enfermos.  Mires donde mires, en nuestro mundo hemos industrializado todo y de esa forma le hemos sacado el alma a las personas, a los trabajos, a las ambiciones, a los valores, a las palabras, a las relaciones, a las aspiraciones. La industrialización y todo el pensamiento que la conlleva corrompe todo lo que toca por su propia naturaleza.

Tenemos que entender que lo que crea progreso no es la competencia, la industrialización y el consumismo. Bruce Lipton explica muy bien que la evolución del ser humano desde hace ya miles de años no depende en crecer un cerebro más grande o alguna parte del cuerpo físico, lo que ha ayudado al desarrollo del ser humano ha sido la cooperación. Se observó que cuando las comunidades empezaron a ser más numerosas fue cuando empezó a haber grandes avances en las sociedades, porque cuanta más gente más mentes contribuían al desarrollo de una idea. Un ordenador no fue creado por una persona, sino que fue creado por unas 50.000 personas diferentes que cada una contribuyó con un concepto o una idea que a lo largo del tiempo acabó desarrollándose en un ordenador. La evolución del ser humano depende de la cooperación no de la competencia. También explica Bruce que nuestro cuerpo es como una comunidad de trillones de células, en esta comunidad ninguna célula puede acumular riqueza hasta que todas las células tienen todo lo necesario para vivir, todas las células han de tener comida, un espacio y una función, una vez que todas tienen esto entonces las células pueden empezar a acumular riqueza en forma de energía. Por supuesto hay células que necesitan y obtienen más riqueza que otras, las neuronas necesitan mucha más energía que las células de la epidermis por ejemplo, pero una vez que ya no puedan contener más energía por si mismas el sobrante es devuelto a la comunidad para ser repartido.

Debemos volver nuestra atención a la naturaleza con humildad como inspiración y aprendizaje, el separarnos de ella y ponernos en un escalón superior nos está llevando a la extinción, ya que ninguna especie está por encima de la Madre Tierra, de la Pacha Mama la creadora de vida. Le hemos perdido el respeto, y esto nos ha hecho ignorantes y maleducados, además de infelices y temerosos. El haber separado la moralidad del beneficio ha sido un error que hoy es obvio, espero y deseo que esta situación tan dramática que el mundo está viviendo con el corona virus nos haga despertar, nos haga ver que no es lógico que viviendo en un planeta que nos proporciona todo haya gente que no tiene nada por la simple gestión que hemos aceptado, por la mentalidad que se nos ha inculcado, por las creencias que nos hemos creído, y por los valores que nos han robado.

Es hora de despertar de este mundo irreal y crear un mundo real donde la verdad impere ante la mentira. No es imposible, ni una quimera, eso es lo que nos dicen, pero como todo lo demás son mentiras.

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